Entre la unidad y la fragmentación: la
ciudad – provincia en la formación
de Estados latinoamericanos (fragmentos)
Miguel Silva Moyano,
Universidad Pontificia de Medellín
A principios del siglo XIX, con el desmoronamiento de la Monarquía Católica, se desataron una
serie de guerras civiles en los
territorios hispanoamericanos. Las disputas por asumir el poder político en un escenario de vacío de poder y de incertidumbre política, derivados de la
contundente derrota de la corona a manos de Napoleón, llevaron al desarrollo de
resientes debates sobre la cuestión de la soberanía que se saldaron tanto en
escenarios de discusión como en los campos de batalla.
Como lo ha demostrado recientemente el historiador Tomás
Pérez Vejo ni hubo naciones propiamente dichas, ni hubo guerras de liberación,
ni hubo guerras de independencia. El escenario de las primeras décadas del
siglo XIX no es propiamente el de naciones adolescentes que se rebelan antes
sus padres y logran la mayoría de edad y se las arreglan como pueden para
sobrevivir en un mundo hostil como se ha pretendido entender desde la
historiografía tradicional. Siguiendo la argumentación de Pérez Vejo, dichos enfrentamientos bélicos tienen
explicación e interpretación a partir de la pregunta sobre la soberanía. ¿Ante la ausencia del rey, quién debe
gobernar? Como es natural ante una
pregunta de esa trascendencia, las respuestas desde las ideas políticas no
respondieron a un patrón unánime sino que se tradujeron en proyectos políticos
con diferentes concepciones del mundo y que en términos generales dependieron
de factores como la concepción del territorio sujeto de dicha soberanía, la relación con la
metrópoli, la relación con los centros de poder más cercanos, la capacidad coercitiva propia y la
capacidad de movilizar efectivamente dicha capacidad, entre otros.
La primera mitad del siglo XIX estuvo caracterizado por la
aparición de múltiples confrontaciones entre provincias. En el mismo sentido
Tulio Halperin (1990) señala como elementos característicos de las violencias,
que siguieron a las independencias, la ruralización
y atomización de la coerción difundiendo
las armas por todo el territorio.
La lenta disolución de los Virreinatos a manos de las Juntas
Supremas declaradas en las ciudades de los primeros años de la década de 1810,
trajo consigo esta serie de disputas.
Algunas
provincias, las que había habían adquirido un poco más de relevancia política
que las otras en el contexto de la vigencia de la Monarquía Católica, pusieron
en marcha proyectos políticos de carácter unitario
sobre la base de las fronteras heredadas de la administración borbónica.
En respuesta a dichos procesos unitaristas, aparecieron
proyectos políticos que, a partir de la concepción de la soberanía en
manos de las provincias, formaron
objetos políticos a partir de alianzas y que luego serían identificados como federalistas. Casi todas las disputas
entre las provincias se saldaron con la adopción del federalismo como la ruta
para dirimir los conflictos y curiosamente comenzar a construir Estados Unitarios. El modelo federal adoptado en América
Latina concibe el establecimiento de un gobierno central cuya potestad básica y
casi que única es la de la representación de la unión para la búsqueda de legitimidad internacional.
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